domingo, 12 de febrero de 2017

[Crítica libro]: "Escenas de una vida de provincias" de J.M. Coetzee

Un ejercicio que no todos estamos dispuestos a hacer

"No había aprendido a ocultar sus
sentimientos, que es el primer paso para
tener una actitud civilizada"
Coetzee es ese tipo de escritor que no sé muy bien por qué (quizás su apellido, quizás la realidad sudafricana a la que lo asocio y que nunca me ha interesado más allá de Mandela y el apartheid) lo fui aparcando indefinidamente, hasta que en la biblioteca di con un ejemplar de Desgracia y me dije que ya era hora de remediar una de esas tantas carencias que tengo como lector. Salí satisfecho de la experiencia. Puntualizo: todo lo satisfecho que uno puede acabar leyendo un libro desasosegante y triste como pocos. No acabé de entender los razonamientos de ciertos personajes y a ratos tuve la impresión que el ritmo decaía demasiado en según qué tramos, pero vi como pocas veces había visto antes a una persona que caía en picado irremediablemente y para la cual la redención ya no era una opción. Con semejante regusto es de entender que tardara un poco en animarme con otro libro de Coetzee, hasta que di con sus novelas-autobiografías.

Dejando a un lado si Escenas de una vida de provincias es una autobiografía o es una historia de ficción, o una mezcla de ambas cosas (lo que me inclino a pensar), y dejando también a un lado la discusión de si el Coetzee que sale aquí es real o, por el contrario, ficción, o un poco de ambas cosas; dejando a un lado todo eso (que más bien me importa poco o nada), esta es de las pocas veces con las que me he llegado a sentir identificado plenamente, o al menos de una forma significativa, con un personaje; es la única vez en la que he llegado a pensar que aquí se estaban contando cosas que me eran importantes, verdaderas. En estas ocasiones es cuando uno se da cuenta de lo difícil que es que la visión de un autor y la visión de un lector casen completamente.

Coetzee está dispuesto a contar una historia donde el fracaso, las dudas, las malas acciones, los sentimientos de dudosa índole, en definitiva, todo aquello que otros esconden debajo de la alfombra, es mostrado, analizado y expuesto sin ningún pudor y sin ningún ánimo de justificar lo injustificable. De este modo, a través de Infancia, Juventud y Tiempo de verano vemos como Coetzee esboza la compleja relación que mantiene con Sudáfrica y sus padres, con su corpus literario, con su sexualidad, con cómo se relaciona con los demás y como los demás le ven a él; sobre hasta qué punto fracasa en su intento de encajar en la sociedad y en lo socialmente establecido, sobre cómo su fantasía e ideal femenino no encaja con lo que es capaz de ofrecer. Incluso es capaz de ponerse en la cabeza de hipotéticas –o reales, vaya usted a saber– amantes para explorar lo que cree que han sentido ellas hacia él.

Un ejercicio que no todos estamos dispuestos a hacer y de un valor incalculable.