jueves, 27 de octubre de 2016

[Crítica libro]: "Leyes de mercado" de Richard Morgan

Muchas cosas que no sabías 

¿Duelos en plazas de toros? ¿En serio?
Los autores de ciencia-ficción y fantasía suelen tener una tarea añadida que otros autores de otros géneros no tienen: tener que crear un mundo de cero y crear unas leyes que sean coherentes dentro de los parámetros ficticios que el autor/a ha creado para ese mundo. Cuando esto no funciona, cuando como lector las cosas no te acaban de cuadrar, cuando el mundo no te lo crees, pues ya puede el escritor escribir como los dioses que no tiene mucho que hacer. Hay libros como Solaris, 1984, La ciudad embajada, etc. que sí lo consiguen. Y otros como el libro que nos ocupa, que no. El mundo que recrea Richard Morgan no acaba de cuajar: estamos en un mundo que parece muy próximo al nuestro, en el que el neoliberalismo ha llegado a extremos inhumanos y donde los ascensos se resuelven en duelos automovilísticos como si de luchas de gladiadores se trataran (bueno, en la Latinoamérica de Leyes de mercado es así literalmente). Sin embargo, si exceptuamos los duelos, todas esas prácticas que se nos narran no tienen nada de 2074; en Leyes de mercado no he visto nada que no imagine que ya esté ocurriendo en nuestro presente. Lo de despedir trabajadores por otros que cobran la mitad menos, ver a trabajadores que se chafan los unos a los otros para conseguir un puesto, lo de meter mierda en otros países para sacar rédito económico, etc., todo eso no tiene nada de ciencia-ficción, y Morgan te lo pinta como si eso fuera el futuro que nos espera a la vuelta de la esquina, cuando es algo en lo que ya estamos inmersos. Es por este motivo que no puedo creerme lo de los duelos automovilísticos, algo que claramente sí parece sacado del futuro, porque no encaja lo más mínimo con todo lo demás, que es muy actual.

Pero Leyes de mercado no solamente no funciona en ese aspecto. La trama no tiene nada de original: todo gira alrededor de un tipo que tiene que lidiar con todo eso si quiere escalar en la empresa en la que se encuentra. Tiene que crear guerras, vender armamento a una facción para que se enemiste con otra, participar en asuntos turbios, luchar en la carretera contra otros aspirantes a su puesto, etcétera, mientras poco a poco se va hundiendo más a nivel personal. Y habrá problemas. Otros socios y trabajadores querrán tumbarlo y harán todo lo posible para sacarlo de su carrera hacia el estrellato. Su mujer poco a poco se irá distanciando de él. Y punto. No hay nada más que eso, contado de forma rutinaria, sin giros, sin emoción, como un chicle estirado. No todo es crear una ambientación, sino que también hay que crear una historia absorbente y que te atrape, que te interese lo más mínimo, y Leyes de mercado no lo consigue.

Y luego están los personajes, que son otro tanto, meros clichés al servicio de la historia para que esta no se desvíe de su cauce. Tenemos al típico personaje que poco a poco se va corrompiendo a medida que va adentrándose más y más en las entrañas del sistema (el protagonista); el típico amigo que se mueve como pez en el agua en ese mundillo y que será una mala influencia para el protagonista (Mike Bryant); el típico compañero de trabajo que no traga al protagonista (Nick Makin); la típica mala malosa que odia al protagonista por vete tú a saber qué razones imposiblemente cogidas por los pelos (Louise Hewitt); el típico jefe de te-meto-la-bronca-y-a-los-5-minutos-te-alabo-por-tus-cojones y te cuento que yo también era como tú de joven (Jack Notley); la típica mujer sufrida que no puede ver como su hombre se va hundiendo progresivamente (Carla); la típica amante seductora que parece una prostituta de lujo (Liz Linshaw); y así sucesivamente hasta cumplir el cupo. Nadie es tridimensional y creíble a la vez.

¿Qué tiene de bueno Leyes de mercado y qué la salva del máximo descalabro? Que Morgan escribe bien (aunque hubiese metáforas tan floridas y originales que me sacaran de vez en cuando de la narración), tan bien que pese a los fallos indicados más arriba uno continúa leyéndole, y un final muy coherente con lo que estábamos viendo y para nada cogido por los pelos.

lunes, 10 de octubre de 2016

[Crítica libro]: "Reencuentro" y "Un alma valerosa" de Fred Uhlman

Una mirada algo superficial

"Una alma valerosa"
No sé si os ocurre a vosotros, pero a veces tengo la impresión que las obras ambientadas en la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto tienen que gustarme per sé, porque tengo la impresión que si no es así iré al infierno a reunirme con Hitler y compañía. A menos que la obra sea realmente mala y no haya muchas dudas respecto a ello, en muchas ocasiones tengo la impresión que un engranaje interno me mueve a valorarlas más positivamente de lo que fríamente haría y hago con otras. En el terreno cinematográfico me ocurrió no hace mucho con Hijos del Tercer Reich y La vida es bella, por poner solo dos ejemplos entre muchos, y en el campo de la literatura con Paradero desconocido de Kressman Taylor, que es una obra notable, pero que si te detienes a analizarla descubres que es algo anecdótica y superficial y que se queda en un mero ejercicio de poner sobre papel una idea que, como el hijo de la misma autora indica al final de la edición que tengo yo, le hizo gracia cuando la comentaba con sus amigotes. El libro de Kressman Taylor venía avalado por mi bibliotecaria (que también me había recomendado meses antes La vida de los otros, otra que tampoco me entusiasmó demasiado y que todo el mundo pone por los cielos) y, como para quedar bien le dije que no solo no me había gustado sino que me había entusiasmado, porque no tengo la suficiente confianza como para hablarle con franqueza y soltarle todo este rollo que te estoy soltando a ti, querid@ lector@, me dijo que tenía que leer a Fred Uhlman y sus novellas sobre la amistad truncada entre un judío y un suábio aristocrático por culpa del nazismo. Se levantó y fue a buscarme Reencuentro y Un alma valerosa, la primera y segunda parte respectivamente, y me dijo que me encantarían. Ambas narran los mismos hechos, pero la primera desde el punto de vista de Hans, el chico judío, y la otra desde el punto de vista de Konradin, el aristócrata.

El problema de Reencuentro es que, pese a ser una novella de 91 páginas, tiene demasiados datos irrelevantes sobre la geografía de la zona (ni siquiera he retenido qué lugar es en el que ocurre la acción. Así de absorbente es el libro) o sobre los antepasados de los alumnos de la clase en la que se encuentran nuestros dos amigos. Hay referencias que están ahí como sacadas de la Wikipedia (en el caso de Uhlman, la enciclopedia) y hay descripciones de personajes que, por el poco o nulo peso que tienen, no pintan nada en la narración. Está claro, como ocurría en Paradero desconocido, aunque esta última es mejor, que todo es un vehículo para narrarnos como el nazismo fue capaz de destruir cosas tan puras a nivel íntimo como la amistad floreciente entre dos chicos intelectuales y sensibles, y que no se quedó solo en lo de los campos de concentración y el desembarco de Normandía; sin embargo, esto se queda en algo interesante rebozado de hechos y datos que son una mera carcasa que no nos interesa lo más mínimo. Y luego está el final: ese giro tan novelesco en la última frase te saca completamente de la narración, le da un toque de ficción que no encaja con el tono realista e incluso autobiográfico de lo que se narra.

Un alma valerosa, la segunda mitad de la historia, es algo más conmovedora, menos fría que la anterior, pero tiene un serio hándicap pese a ser algo superior a la anterior y que la hace perder enteros: que te está contando los mismos hechos, desde la perspectiva del otro amigo, Konradin, que ya se narraban en la anterior novela, y hay muy poca cosa que resulte novedosa en ella. El interés va decayendo cuando descubres que solo quedan pocas páginas para el final y has estado leyendo la misma historia y que apenas ofrece nada nuevo, porque no nos engañemos, la perspectiva de Konradin no necesitaba de otra novela para mostrarse, porque ya la deducías tú mismo de lo que no se contaba en la anterior historia y de lo que Hans iba deduciendo él solo.

Si dejamos a un lado estos aspectos negativos, ambas obras tienen aciertos parciales que las hacen recomendables: principalmente, para entender las mentalidades de los aristócratas y las clases medias antes y durante la aparición de Hitler y para ver cómo, hasta en aquellas élites más intelectuales -representadas por el personaje de Konradin-, se apostó por el nazismo fácilmente. Que no fue cosa de lavados de cerebro, sino que la aristocracia aprovechó esa situación, desde su óptica, para recuperar esa gloria perdida de los tiempos pasados y volver a ocupar ese lugar floreciente que habían ostentado; y, de pasada, para usurpar las riquezas de los judíos ricos que se estaban haciendo un hueco en un estamento que creían exclusivo de ellos, y vieron en Hitler esa vía de recuperar lo que creían que solo debía ser para los alemanes que tenían antepasados alemanes.