martes, 6 de septiembre de 2016

[Crítica libro]: "El libro del día del juicio final" de Connie Willis

Papel higiénico y las campaneras del carajo

Y si buscáis sci-fi, no la encontraréis.
Novela histórica mezclada con thriller
y va y gana los mejores premios de
sci-fi
Leí en Goodreads que a mucha gente no le había gustado El apagón de Connie Willis y leí esto después de habérmelo comprado; embargado por el terror más absoluto, llegué a una crítica dónde un chico aclaraba por qué no había gustado. Primero, porqué El apagón fue distribuido en este país como una novela separada de Cese de alerta, cuando fueron escritas como una única historia, y, segundo, y más importante, porque es parte de una saga que Willis inició hace mucho tiempo y que solo se comprende mejor cuando uno se lee los libros anteriores. Indagando un poco, vi que la saga de los historiadores de Oxford empieza con el relato corto titulado Brigada de incendios (que leí y me gustó mucho), El libro del día del juicio final (el libro que nos ocupa), Por no mencionar el perro, El apagón y Cese de alerta. Pues bien, mi inquietud se ha visto renovada: El libro del día del juicio final no vale un pimiento.

Cuando pretendes sostener un tocho de 800 páginas amparándote solamente en dos ases en la manga a modo de giros de guion, que se plantean nada más empezar la novela, y pretender aguantarlos y revelarlos hacia la página 600 y pico, y no ofrecer nada más mientras tanto más allá de tramas, diálogos y un abanico de personajes anodinos, que no van a ninguna parte y que sirven solamente para entretenerte, sin conseguirlo, hasta que reveles esos dos giros, algo no funciona. Has tenido un par de buenas ideas y te dedicas a escribir paja para sostenerlas. Y eso sin contar que esos giros uno los intuye casi al poco de avanzar en la narración.

Sino, en el contexto de la cuarentena que se monta al principio a raíz del brote de una enfermedad contagiosa, ¿a cuento de qué me interesa a mí que el ayudante del protagonista se ponga a desbarrar cada quince páginas sobre las reservas de papel higiénico y bacon que les quedan, que cada veinte páginas salga a colación si unas campaneras podrán o no dar su concierto de Navidad o cada treinta que la madre coraje de un alumno se ponga a acosar al protagonista –con intención cómica por parte de Willis- con el objetivo de que su hijo se ponga una bufanda? ¿Qué carajos me importa a mí todo eso? El resto de la trama, lo que tiene que ver con Badri y la cuarentena, es otro coñazo: todo se circunscribe a encontrar las personas con las que interactuó, a preguntarle cada veinte páginas qué es lo que salió mal y verlo a él tartamudeando y quedándose inconsciente justo antes de revelar qué es lo que salió mal y que Willis pretende revelar en la 600 y pico. Que recurras a ello un par de veces en toda la novela tiene un pase, pero que eso se repita hasta 7 o 8 veces, cansa.

El otro giro es, como es de esperar, que Kivrin (la historiadora que es enviada al pasado) sí está en la época de la peste negra y no antes, como todos creían, pero ese giro no se revela hasta muy adelantada la mitad del libro. Y ahí empieza la casquería. Paralelamente, el virus del presente hace lo mismo. Empieza a morir gente y es entonces dónde, supongo, la cosa cobra interés. Pero ya es tarde, ya has abandonado (literal y figuradamente).

Esta historia es víctima, pues, de la creencia de que un tocho de 800 páginas es mejor que un relato corto; en Brigada de incendios, el cuento que serviría de inicio a esta saga de los historiadores de Oxford, todo funcionaba mejor debido a la brevedad y la concisión de lo que se quería contar. Willis cree que debe contárnoslo todo, tanto lo que ocurre como lo que podría ocurrir y lo que no, y lo hace continuamente a través de diálogos y pensamientos de besugos, tanto con las reservas de huevos como con la trama de fondo, tanto si nos lo cuenta por décima vez como no. Es como poner en práctica lo que hace en clave de humor Georges Perec en su libro El aumento, pero sin el afán lúdico de Perec. El libro del día del juicio final hubiese ganado mucho más si Willis hubiese apostado por la distancia corta otra vez. No quiero ni imaginar cómo debe ser El apagón y Cese de alerta, dos tochos que tuvieron que dividir en dos volúmenes porque físicamente era imposible juntarlos.

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