martes, 19 de mayo de 2015

[Crítica libro]: "Las grandes familias" de Maurice Druon

Ambición desmesurada

Es mejor ser pobre
Las familias de La Monniere y Schoudler, símbolos de la aristocracia y la burguesía decadente del París de entreguerras, firman su alianza con el matrimonio de Jacqueline de La Monniere y François Schoudler, con la intención de afianzarse y ampliar sus horizontes. Sin embargo, las ambiciones y las intrigas solo provocarán que su caída y decadencia vayan en aumento, siempre como telón de fondo una Francia decadente.

"Las grandes familias" es un buen libro. Es un gran libro, de hecho. La disección a la que somete Druon la sociedad francesa de entreguerras es digna de admiración; un trabajo meticuloso, con claroscuros, un documento que desde un punto de vista histórico no tiene nada que envidiarle a un texto divulgativo sobre el mismo. Hay una aristocracia terrateniente vinculada al poder en decadencia, a punto de desaparecer en un mundo dónde las familias de origen burgués se han adueñando de la banca, la prensa y el sector empresarial; hay nuevos ricos a los que no les importa quitar de en medio a quién sea y al precio que sea mientras éste se interponga en sus intereses. Sin embargo, estas clases burguesas también dan visos de empezar a desintegrarse a marchas forzadas ante la imparable fuerza de las clases bajas, que también quieren probar las mieles del poder y el dinero. Hay gente de origen popular, de la calle, que anhela los lujos, el poder, las riquezas y la pompa de esas castas superiores que en otros tiempos habían sido prácticamente inaccesibles. En "Las grandes familias" veremos ambición insaciable, personajes capaces de tener un hijo a cambio de un millón de francos o, en caso de no poder tenerlos, capaces de robarle los niños a otra persona solo para cobrar el dinero. De personajes capaces de perder grandes sumas de dinero con el solo fin de arruinar a otro y destruirlo. No hay nadie que se salve de la quema; todo el mundo se mueve por intereses, por hipocresía y por la ruindad más absoluta.

Sin embargo, no todo es perfecto en "Las grandes familias". Druon no es capaz de medir bien los tiempos y la evolución de los personajes. El lector puede acabar confundido ante la miríada de personajes, sin saber bien en quién focalizarse, puesto que en ningún momento sabemos cuáles son los que llevaran el peso de la historia y cuáles, simplemente, son secundarios. Cuando uno cree que el peso recaerá finalmente en X personaje, Druon lo elimina de golpe o lo deja fuera de escena durante cincuenta páginas sin que sepamos apenas nada de él más que los comentarios indirectos de algún personaje, para volver a él durante unas páginas más y luego volver a desaparecer. Puede, por un momento, situar el POV en un personaje, describirlo hasta la exactitud y luego eliminarlo al cabo de pocas páginas. Este hecho, que podría parecer novedoso y hasta cierto punto sorpresivo y narrativamente rítmico, acaba cansando por el abuso del mismo y provocando que el lector no acabe haciéndose con prácticamente ninguno de los personajes. Quizás los únicos que se salen de la norma, por su mayor presencia y peso en la historia, son Noël Schoudler y Lucien Maublanc, pero son la excepción.

Aun así, uno pasa por alto todos estos fallos casi sin darse cuenta, porque es una novela con unos temas interesantes, unos personajes muy potentes y una recreación histórica encomiable. No importa que los tiempos y la evolución de personajes no estén del todo pulidos, porque la disección concienzuda de una época y una sociedad muy concretas convierten "Las grandes familias" en un must read.


jueves, 7 de mayo de 2015

[Crítica libro]: "Así es como la pierdes" de Junot Díaz

Así es como me perdiste Junot

A ver, Achy, que esta es la novela de
Junot y no la tuya. La próxima vez que
quieras escribir con acento dominicano,
resérvatelo para tus escritos y ya
Revisando listas de mejores libros del siglo XXI di con Junot Díaz y su novela premiada con el Pulitzer "La maravillosa vida breve de Óscar Wao"; decidido, fui a probar suerte en la biblioteca de mi pueblo para ver si lo encontraba, pero no fue así -qué novedad-. Tampoco cuando fui a Barcelona a raíz del día de Sant Jordi lo encontré (aunque no rebusqué mucho, la verdad), pero sí di con "Así es como la pierdes", que también goza de buenas críticas allá dónde uno mire. En el blog Desde la ciudad sin cines (uno de los mejores blogs de literatura que sigo y he seguido) David hablaba muy bien de él y algunos de los lectores que sigo de Goodreads destacaban que era una conjunto de relatos que calaban hondo y que uno podía meterse plenamente en la piel del protagonista y emocionarse. Una vez leído, la decepción ha sido grandiosa. Las razones, abajo.

La mayoría de los cuentos que componen "Así es como la pierdes" no son otra cosa que retazos en la vida de Yunior, un joven dominicano afincado en USA, desde que era pequeño hasta su madurez, y de las relaciones que ha ido estableciendo con el género femenino a lo largo de su vida y de cómo estas le han influido en la persona que es. El principal problema de "Así es como la pierdes" es que no he conseguido hacerme una idea de cómo es el protagonista hasta bien entrados los relatos del final, más allá de que es un infiel recalcitrado y que ha estado con más chicas de lo que he podido contar y que todas ellas, casi sin excepción, son sumamente sensuales y culonas. He tenido la sensación que los personajes femeninos eran demasiado parecidos; no conseguí diferenciar a Nilda de Alma, ni a esta última de Magda, por poner solo unos ejemplos. Son algo unidimensionales y la sensación que tengo es que la mayoría son chicas sexys a las que si les eres infiel, date por muerto. Y poco más. Díaz no explora sus sentimientos ni hay variedad en las reacciones que tienen para con el comportamiento del protagonista. Muy distinto, salvando las distancias, de lo que ocurría en "Alta fidelidad", muchísimo mejor que la obra que nos ocupa.

Aunque los relatos se centren en Yunior y giren alrededor de las relaciones de pareja, la infidelidad y el deseo sexual desde un punto de vista masculino, meternos en la cabeza de Yunior y entender por qué se comporta como se comporta y ver las consecuencias de sus actos, esperaríamos que, a diferencia de los personajes femeninos, este gozaría de mayor profundidad. Pero tampoco es así. En ocasiones no estás viendo otra cosa que un perdedor incapaz de aguantar una relación seria por mucho tiempo, como si en esta vida todo fuera, usando los términos que emplearía la traductora, singar y singar. Los únicos relatos con los que he llegado a sentir algo son, paradójicamente, en los que el foco de atención se centra en Rafa y la niñez y adolescencia de Yunior y no en las mujeres (aunque siempre haya alguna por ahí pululando). En especial "Miss Lora" e "Invierno", que resultaron ser mis favoritos. Tampoco está mal, porque rompe con el esquema del conjunto y dejamos de centrarnos en Yunior, "Otra vida, otra vez", aunque achaca de los mismos problemas que el resto.

Quizás el problema radique en lo lejano que me es todo, o que Junot Díaz no sea tan mañoso construyendo personajes. O que la traducción sea algo chusca. La labor de Achy Obejas como traductora me descolocó, sobre todo cuando comprobé que, en efecto, Junot Díaz no escribe con ese acento dominicano tan marcado (de hecho, según he leído en Desde la ciudad sin cines, escribe en inglés formal). No solo me molestó el acento, sino el observar lo irregular de su empleo durante el transcurso del conjunto de relatos. Los primeros relatos es dónde el acento dominicano es muy marcado y, en cambio, hacia los últimos ya apenas lo notamos, como si la traductora se hubiera cansado de tanta parafernalia estilística.

Algo extraño me ha ocurrido con este libro. Normalmente, como dicen algunos, lo mejor es dejar los mejores cuentos al inicio y al final y rellenar por dentro con los que no lo son tanto. Pero aquí es distinto. Los mejores cuentos, los que han hecho que cambiase de opinión y no suspendiera al conjunto, se encuentran al final. Sin embargo, demasiado tarde para que me metiera en la piel de Yunior y sus devaneos sentimentales, que, por otro lado, pecan de simplistas.