domingo, 6 de diciembre de 2015

[Crítica libro]: "Sin destino" de Imre Kertész

Canto a la esperanza

Me meo en "El niño con el pijama
de rayas"
Como much@s han apuntado ya, esta es la versión de verdad de la historia de El niño con el pijama de rayas. Sin pasar por el filtro del mainstream, en toda su crudeza y realidad. Hasta me han entrado ganas de restarle una estrellita más al otro leyendo este. Porque, lo queramos o no, tiene muchísima más validez todo lo que nos cuenta Kertész, que sí vivió el horror de los campos de concentración, que una persona que no lo ha hecho.

Pero dejando a un lado todo eso, otro de los puntos clave de Sin destino es que se lee con rapidez; tienes ganas de saber qué vendrá luego, aunque ya puedas más o menos imaginar que todo acabará llevando al personaje a un campo de concentración y que se los horrores inimaginables se irán sucediendo uno detrás de otro. Esto me lleva a que el verdadero mérito de "Sin destino" es cómo está escrito y lo innovador que resulta situar el punto de vista en un joven de 14 años que no entiende muy bien todo lo que ocurre a su alrededor; y es ahí donde radica la gracia (si es que puedo usar esa palabra para definir la experiencia de esta lectura), el contrastar lo que uno sabe sobre el holocausto con la versión subjetiva y no del todo perspicaz y sagaz de un joven inexperto en los temas de la vida. Bajo este prisma, hay tramos que ganan brutalmente, como la llegada a Auschwitz y el proceso de selección, y las penurias en Zeitz, dónde Kertész ha sido capaz de removerme las tripas y hacerme sentir incómodo en más de una ocasión. Sin embargo, paradójicamente, acaba siendo lo único achacable a Sin destino, puesto que acaba por cansar lo que al principio empieza siendo tan original.

Es difícil de creer, e incluso de aceptar por el lector, o al menos así me ha ocurrido a mí, que Kertész incida sobre algo a lo que no estamos acostumbrados cuando nos hablan del holocausto y los campos de concentración: que incluso en esas condiciones, puede surgir la alegría de vivir y tener cabida la esperanza. Es tal el horror y tales las historias que nos han contado y hemos visto o leído que automáticamente excluimos esa posibilidad. Y duro es ver cómo el protagonista se aferra a eso y no a los horrores una vez ha terminado su periplo, viendo todo por lo que ha pasado. Cuando leía el desenlace parecía que me sentía identificado con aquellos que se enfadan con él por no centrarse en los horrores, condenar inmediatamente a los nazis, pedir que los ahorcaran a todos y olvidar todos esos momentos en los que fue denigrado y torturado; centrándose solamente en que hubo momentos en los que llegó a ser feliz allí dentro. Y es que es así. Si no hubiese sido por su compañero Bandi Citrom, o los cuidados que recibe en Buchenwald por parte de Pietka y el médico, hubiese sucumbido al horror. Porque incluso en esas circunstancias, como dice Citrom y pronto asume el protagonista, uno no puede abandonarse, tiene que recorrer todo ese periplo paso a paso, sin pensar demasiado en todo lo que puede venir o lo duras que sean las circunstancias presentes. En el campo de concentración había momentos para la camarería, para compartir las penas con los demás o aislarse en algo tan infravalorado como la imaginación. Aunque todo eso nos sea difícil de aceptar mientras lo leemos, por el bagaje fílmico y literario sobre el género que tenemos. Tan difícil como el punto de vista del protagonista, que en ocasiones trata de justificar y buscar sentido a unas prácticas humillantes y degradadoras, o justificar que todo lo que le ha ocurrido es producto de un destino preestablecido. Porque creer en lo contrario le parece imposible: que alguien libremente pueda vivir todo lo que ha vivido le parece increíblemente imposible. Y eso es lo que diferencia el relato de Kertész de los demás: que es capaz de incomodarnos y que veamos unos hechos conocidos bajo otra perspectiva, más rica en matices, pero ojo, sin olvidar el horror.

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