lunes, 8 de junio de 2015

[Crítica libro]: "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez

Dos maneras de amar

"(...) la memoria del corazón elimina los
malos recuerdos y magnifica los buenos,
y (...) gracias a ese artificio logramos
sobrellevar el pasado"
Mi madre siempre ha sido una ferviente admiradora de Gabriel García Márquez. Nunca se ha cansado de decirme que "El amor en los tiempos del cólera" es mejor que "Cien años de soledad", que eso no quiere decir que no le gustara su tan laureada novela (que de hecho ha leído más de una vez) o que no pierda el tiempo con "Memorias de mis putas tristes", que es un libro que hasta él repudiaba. Siempre ha querido que leyera a Márquez, pero mis intentos con "Cien años de soledad" a una temprana edad fueron infructuosos. Le cogí algo de manía y no volví a leerle hasta el año pasado; "Crónica de una muerte anunciada" me gustó, tanto como para ponerle cuatro estrellas, pero me dejó un regusto agridulce, como si Gabo no hubiera rematado la faena. Hace poco mi madre me dijo que debía leer "El amor..." y al final lo hice, y aunque me ha gustado algo más que "Crónica..." y es un libro notable, no ha sido la lectura tan redonda que esperaba.

"El amor en los tiempos del cólera" tiene una historia -aparentemente- muy sencilla: todo gira alrededor del amor imposible entre Florentino Ariza y Fermina Daza, un amor terriblemente tortuoso por culpa de dos caracteres muy diferentes y por unas concepciones del amor muy distintas, y que durará más de medio siglo.



Antes de empezar, tengo que confesar algo:

Me he sentido demasiado identificado con Florentino Ariza (no con lo de las 622 amantes, mal pensados);
Me gustaría ser más como Juvenal Urbino, pero sin pasarnos;
Y no soporto a Fermina Daza, pero mal que me pese, también he identificado algo de ella en mí.

Uno de los puntos fuertes de "Amor en los tiempos del cólera", que hace que la novela valga todo su peso en oro, es cómo Gabo disecciona dos maneras de amar: la versión romántica idealizada y la versión realista y práctica. De cómo se encarga de hacernos entender que ni una ni otra son perfectas, que ni una ni otra otorgan la felicidad absoluta y que ambas siempre dejan un poso de amargura; la primera, la romántica, da una insatisfacción por la falta de un sustento claro en el que apoyarse, por la búsqueda constante del amor platónico, de nunca sentirse lleno porque siempre se anhela algo que es difícil de alcanzar; la segunda, la de amar con los pies en el suelo, la más práctica, porque está condenada, pese a la estabilidad que proporciona y a los momentos puntuales de felicidad verdadera, a la ausencia de libertad, debido al encorsetamiento impuesto por las normas de la sociedad y del matrimonio. Y Florentino Ariza y Juvenal Urbino&Fermina Daza representan las dos posturas antagónicas a la perfección; personajes que no podrían estar mejor trazados, con sus claroscuros, con los que podemos identificarnos en un punto u otro y odiarlos al cabo de un par de páginas por otros aspectos.

Hay pequeños ejemplos -entre una gran multitud que no tendría tiempo de citar- que ilustrarán estas dos posiciones antagónicas. Uno de ellos es ver cómo el matrimonio y la autoridad del marido frenarán el carácter indomable de Daza; en la escena de Oscar Wilde y París, dónde Juvenal le ordena no ir a saludar a Wilde y ella acata, ella está aceptando por primera vez su posición de esposa y todo lo que eso implica, el renunciar a la libertad en favor de la estabilidad. A todo esto, Urbino, por lo que pudiera parecer con el ejemplo que cito, no es, para nada, un marido autoritario. Márquez no quiere confundir el mensaje y enturbiarlo con la presencia de un marido despótico, sino que opta por un marido normal, para que veamos que los sinsabores del matrimonio están siempre presentes y son independientes del talante de cada uno. El otro ejemplo es el affaire de Urbino con la señora Lynch, un acto de animal enjaulado en toda regla, y del sentimiento de culpabilidad que le obliga a dejarlo. Por otro lado, tenemos a Florentino Ariza; como lectores, nos damos cuenta de que su ideal romántico se mantiene precisamente por la idealización del mismo y de que ese ideal le impide disfrutar plenamente de las numerosas experiencias que tiene a lo largo de su vida con las múltiples mujeres con las que se acostará y no llegará nunca a involucrarse. Está cegado y eso le impide disfrutar de una vida plena, equilibrada. Ambas visiones acaban anhelando la del otro, aunque quizás sea Florentino el que viva más por este anhelo que Urbino o Daza, o que este sea más consciente del mismo durante toda su vida.

Sin embargo, no todo es bueno. Tengo que reconocer que no me he hecho con la historia hasta bien transcurrido un tercio de la misma y el problema reside en la primera parte, la parte en la que Florentino y Fermina mantienen su correspondencia, que aunque es muy necesaria para comprender todo lo demás, me pareció tremendamente irreal, demasiado romántica y alejada de la historia en la que se acaba convirtiendo pasado ese tramo. El otro punto es la práctica ausencia de diálogos, más allá de las simples intervenciones periódicas para apostillar las largas narraciones (esquema que se repite demasiado durante todo el libro, por cierto); aunque los personajes están perfectamente definidos por sus acciones a través de la narración, a uno le queda la sensación que se echa en falta oírlos más expresando sus sentimientos. Otra cosa que me ha sorprendido es que no he visto realismo mágico, o si lo he visto no me he dado cuenta, pero la historia es tan didáctica y reveladora que uno casi olvida uno de las famosas señas identitarias del colombiano.

Haré caso a mi madre y seguiré con Gabo. Mi próxima parada será, dentro de unos meses, "Cien años de soledad". Quizás sí sea este el libro que haga que me enamore de la prosa del colombiano.

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