viernes, 13 de junio de 2014

[Crítica serie]: "Breaking Bad" 1ª temporada

Destellos de genialidad en un mar de aburrimiento

Sí, Bryan Cranston es genial, pero Aaron
Paul tiene una capacidad para hacer reir
que ya les gustaría a muchos
Aclamadísima entre las aclamadas, calificada por muchos de obra maestra imprescindible, aquí está la idolatrada "Breaking Bad". Ha cosechado varios Emmys, entre otros premios, a lo largo de todas sus temporadas y este 2013 se alzó con el de mejor serie de drama. Con solo ir a Filmaffinity uno puede ver que goza de un flamante 8,8, cosa seria en este portal, y uno no puede hacer otra cosa que afrontar su visionado con la mayor de las expectativas. Y con la mayor de las decepciones, constatar que no es todo lo brillante que uno podría esperar con semejante publicidad, al menos en su primera temporada.

Walter White (Bryan Cranston) es un profesor de química de instituto que lleva una vida muy monótona. Vive con su mujer Skyler White (Anna Gunn) y con un hijo adolescente discapacitado (RJ Mitte) y siente que no ha vivido la vida. Hasta que le diagnostican un cáncer de pulmón muy agresivo y decide ponerse a fabricar drogas con un ex-alumno del instituto, Jesse Pinkman (Aaron Paul), para costearse el tratamiento.

El tema de fondo es muy interesante. Un personaje que ha vivido reprimido toda su vida, pero que la muerte inminente a manos de un cáncer muy virulento le empuja a hacer todo aquello que no ha hecho en su vida. Pero no de golpe y porrazo, no. Walter no se lanza a hacer paracaidismo, a irse con jovencitas o a comprarse un deportivo como si no hubiera un mañana, como pudiéramos imaginar de tal sinopsis, sino que su despertar es mucho más gradual y realista. Poco a poco experimenta la sensación de libertad, de poder decir lo que piensa sin preocuparse de qué dirán los demás y de ganarse la vida de una forma que la sociedad no reconoce como legal. Está harto de cumplir las reglas, de hacer lo que se espera que haga y de vivir sometido a la voluntad de los demás. Está harto de su cuñado, que es el foco de atención de la familia y que simboliza todo aquello que él no será nunca. Está harto de que su mujer y, por extensión, toda la familia decida por él. Está harto que lo mangoneen y sean condescendientes con él. Está harto de todo y la perspectiva de una muerte cercana resulta liberadora.

Las interpretaciones están a un gran nivel, con un fabuloso Aaron Paul y un genial Bryan Cranston a la cabeza de un reparto plagado de buenas actuaciones, y hay escenas muy conseguidas, como la escena del desenlace con Tuco (Raymond Cruz) y todo el primer capítulo, o cuando el cuñado le enseña al hijo de Walter en qué puede convertirse si empieza a tomar drogas. Hay destellos de verdadera genialidad, al más puro estilo hermanos Coen.

¡Venga, venga, anímate ya de una vez!

Como digo, el problema no viene de la premisa, ni de sus personajes ni del tema que trata. El problema viene del ritmo que le imprime Vince Gilligan a cada capítulo. Los hay de intensos, como el primero y el último, y los hay de aburridos, como los cinco intermedios, que bien podrían haberse resumido en dos y hubiesen transmitido lo mismo y hubieran ganado en ritmo. Y eso es de lo que peca esta primera temporada: de alargada y de ideas interesantes lastradas por un guion demasiado autocomplaciente. Hay un buen ejercicio detrás de la dirección, se nota que tiene potencial y hay escenas verdaderamente interesantes, apuntaladas por diálogos con miga y actuaciones de tomo y lomo, pero acaba quedándose en un quiero y no puedo.

En conclusión, una temporada con altibajos pero con potencial. Hay momentos que destilan un gran saber hacer y otros de un aburrimiento sin límites. Por suerte, goza de un buen reparto y de escenas inspiradas que animanf a seguir con la segunda temporada.

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