domingo, 6 de abril de 2014

[Crítica película]: "El mayordomo" de Lee Daniels

Blanco y negro (y esto no es un chiste racista)

¿Y tardas cerca de treinta años en darte
cuenta?
Parece ser que el 2013 fue el año de recordar las injusticias que sufrieron los afroamericanos (y que desgraciadamente aún sufren en algunos lugares de Estados Unidos) y no pocas películas sobre dicha temática se han rodado últimamente; sin ir más lejos, está la ganadora del Oscar, "Doce años de esclavitud", que, en mi opinión, es mejor que ésta. Y no solo eso. En mi opinión, "El mayordomo" no cumple como película denuncia, como sí hacía la película de Steve McQueen. Tampoco a nivel narrativo.

"El mayordomo" nos cuenta la historia de Cecil Gaines (Forest Whitaker) y su trayectoria como mayordomo de la Casa Blanca durante el mandato de ocho presidentes, siempre como telón de fondo la historia de Norteamérica de la última mitad de siglo y la relación tensa que mantuvo con su hijo Louis (David Oyelowo), un activista en favor de los derechos afroamericanos.

"El mayordomo" es como resumir los últimos setenta años de la historia de los Estados Unidos y embadurnarlo de caramelo y sazonarlo con litros y litros de melodrama de baratillo, mientras lo contemplamos todo desde una visión, cuanto menos, estrecha de miras. Lee Daniels quería ser políticamente correcto y supo cómo hacerlo: relatando los hechos más tumultuosos de los últimos años de la historia norteamericana, recopilando todas las injusticias contra los afroamericanos habidas y por haber, y sirviéndonoslo todo con una sobredosis de moralina y corrección digna de estudio. "El mayordomo" es un panfleto ideológico y no abandona esa categoría en ningún momento. Aquí no vamos a ver a presidentes de los Estados Unidos con sus luces y sus sombras, ni a ciudadanos con opiniones encontradas y con dudas sobre las cuestiones raciales. No, aquí vamos a ver a presidentes muy malos y a otros muy buenos, dulces y campechanos. Aquí no hay escalas de grises, ni Daniels conocía la expresión "una de cal y otra de arena". Kennedy (James Marsden) solo hizo cosas buenas y su mandato fue inmaculado y los de Nixon (John Cusack) un grano de pus en la historia de EEUU. Daniels no se moja ni un ápice y tira de clichés, siempre y cuando no enfaden a quién no deban enfadar. No saca ningún trapo excesivamente sucio de ninguno de los presidentes y, estrecho de miras que es, solo se centra en qué papel jugaron con las políticas raciales, aunque tenga que forzar esos episodios y encajarlos con la vida cotidiana del protagonista sin importar si pegan o no. Y si no los tuvieron o no fueron excesivamente relevantes como para rodarlos, aprovecha y nos muestra la dimisión de Nixon, hecho que nada tiene que ver con la política racial, o salta en el tiempo sin ceremonias, como hace poco después de la derrota electoral de Louis.

Pero qué listo es este Daniels

Y luego está la pátina edulcorada con la que baña cada escena, con el único y exclusivo propósito de arrancar sea como sea la lagrimita del espectador. Sin conseguirlo. Todos los caminos que recorre nos son harto conocidos, no ofrecen nada nuevo que no hayamos visto con anterioridad; la trama principal gira alrededor de Cecil y la enemistad que se forjó entre él y su hijo Louis; ambos tienen opiniones diametralmente opuestas sobre los derechos de los afroamericanos y no consiguen congeniar. Cecil no se plantea cambiar, ajeno al hecho de que precisamente él es el motor del cambio, a pequeña escala y muy a poco a poco, y Louis cree que los cambios deben producirse por la fuerza y de golpe. No es hasta el final que ambos se encuentran, se entienden y se perdonan. Es un esquema muy visto, pero que funciona bien; sin embargo, los fragmentos dispersos de la política norteamericana citados anteriormente y que la narración tienda a interrumpir dicha relación paternofilial a menudo con hechos intrascendentes, como todos aquellos que tienen que ver con la esposa de Cecil (Oprah Winfrey) o con saltos temporales inoportunos, provoca que al espectador le embargue una sensación de dispersión y que el director no tiene las ideas claras en cuanto a qué quiere contarnos.

El conjunto no se hunde gracias a las actuaciones de un reparto lleno de aciertos, con un Forest Whitaker notable y un elenco de secundarios, aunque en la mayoría de casos un tanto evanescentes, que enriquecen la película y hacen que olvidemos de vez en cuando las demás flojedades del filme. A destacar un siempre excelente John Cusack, a un notable Cuba Gooding Jr. y a la correcta Oprah Winfrey que, sin ser nada destacable, defiende bien su papel.

En conclusión, "El mayordomo" es una película que peca de querer contentar a todos, de ser demasiado blanda y correcta con su casi nula denuncia al racismo. Se nutre de un buen reparto, pero no es suficiente como para tirar adelante la película; la trama paternofilial es la única que funciona y lo haría mejor si no estuviera tan interrumpida con los episodios políticos inconexos.

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