domingo, 12 de febrero de 2017

[Crítica libro]: "Escenas de una vida de provincias" de J.M. Coetzee

Un ejercicio que no todos estamos dispuestos a hacer

"No había aprendido a ocultar sus
sentimientos, que es el primer paso para
tener una actitud civilizada"
Coetzee es ese tipo de escritor que no sé muy bien por qué (quizás su apellido, quizás la realidad sudafricana a la que lo asocio y que nunca me ha interesado más allá de Mandela y el apartheid) lo fui aparcando indefinidamente, hasta que en la biblioteca di con un ejemplar de Desgracia y me dije que ya era hora de remediar una de esas tantas carencias que tengo como lector. Salí satisfecho de la experiencia. Puntualizo: todo lo satisfecho que uno puede acabar leyendo un libro desasosegante y triste como pocos. No acabé de entender los razonamientos de ciertos personajes y a ratos tuve la impresión que el ritmo decaía demasiado en según qué tramos, pero vi como pocas veces había visto antes a una persona que caía en picado irremediablemente y para la cual la redención ya no era una opción. Con semejante regusto es de entender que tardara un poco en animarme con otro libro de Coetzee, hasta que di con sus novelas-autobiografías.

Dejando a un lado si Escenas de una vida de provincias es una autobiografía o es una historia de ficción, o una mezcla de ambas cosas (lo que me inclino a pensar), y dejando también a un lado la discusión de si el Coetzee que sale aquí es real o, por el contrario, ficción, o un poco de ambas cosas; dejando a un lado todo eso (que más bien me importa poco o nada), esta es de las pocas veces con las que me he llegado a sentir identificado plenamente, o al menos de una forma significativa, con un personaje; es la única vez en la que he llegado a pensar que aquí se estaban contando cosas que me eran importantes, verdaderas. En estas ocasiones es cuando uno se da cuenta de lo difícil que es que la visión de un autor y la visión de un lector casen completamente.

Coetzee está dispuesto a contar una historia donde el fracaso, las dudas, las malas acciones, los sentimientos de dudosa índole, en definitiva, todo aquello que otros esconden debajo de la alfombra, es mostrado, analizado y expuesto sin ningún pudor y sin ningún ánimo de justificar lo injustificable. De este modo, a través de Infancia, Juventud y Tiempo de verano vemos como Coetzee esboza la compleja relación que mantiene con Sudáfrica y sus padres, con su corpus literario, con su sexualidad, con cómo se relaciona con los demás y como los demás le ven a él; sobre hasta qué punto fracasa en su intento de encajar en la sociedad y en lo socialmente establecido, sobre cómo su fantasía e ideal femenino no encaja con lo que es capaz de ofrecer. Incluso es capaz de ponerse en la cabeza de hipotéticas –o reales, vaya usted a saber– amantes para explorar lo que cree que han sentido ellas hacia él.

Un ejercicio que no todos estamos dispuestos a hacer y de un valor incalculable.

lunes, 30 de enero de 2017

[Crítica libro]: "Mansfield Park" de Jane Austen

Nabokov tenía razón

"Su amor al dinero era tan grande como
su amor a mandar, y sabía tan bien
ahorrar el suyo como gastar el de los
amigos" XD
Mansfield Park es mi primera aproximación a la obra de Austen. Antes de dar con este libro, para mí Jane Austen era algo así como una escritora victoriana de romances cursis que no me iban a gustar. No sé muy bien por qué pensaba eso, pero lo que sí sé es que dichos prejuicios me impedían acercarme a una autora, comprobado ya, de gran envergadura. Di con Mansfield Park a través del libro Curso de literatura europea de Vladimir Navokov, un libro donde están transcritas las clases que impartía Navokov en las universidades de Wellesley y Cornell y donde analizaba a fondo varios clásicos que según él eran muy representativos de la tradición literaria europea. Como siempre he pensado que debería haberme decantado por las letras en lugar de las ciencias a lo que a formación se refiere, ahora intento suplir eso leyendo libros como este, y decidí que iría leyendo dichas obras al ritmo de sus clases. Como si fuera uno de sus alumnos.

Mansfield Park puede resumirse en apenas unos párrafos. Todo empieza cuando Fanny Price, una más de las hijas de la empobrecida señora Price, es adoptada por sus tíos, los Bertram, ricos y de clase alta, como acto de caridad. La acogerán, la educarán y, en definitiva, le darán esa vida a la que nunca podría haber aspirado de otro modo. Pese a la frialdad y la falta de tacto de la familia de sir Thomas, Fanny encontrará consuelo en su primo William, con el que establecerá una estrecha relación de afecto. A partir de aquí, poco a poco irá encontrando su lugar y será testigo de las relaciones que se establecerán entre los Bertram y los dos miembros de la familia Crawford que se trasladarán a vivir cerca de Mansfield.

Si en algo destaca Mansfield Park deliciosamente es en retratar la personalidad frívola y vanidosa, calculadora y a menudo ignorante de muchos de sus personajes, encarnada al principio por las dos primas, y a medida que la novela va avanzando, por los hermanos Crawford. Son los villanos de la función, pero lo son de una manera sutil e insidiosa, y por mucho que Edmund no lo vea así, saben perfectamente lo que hacen la mayor parte del tiempo, pero eso no quita que dejen entrever sentimientos puros y sinceros. Porque Henry y Mary Crawford son esos villanos tridimensionales que, aunque no lo veamos por escrito y ni siquiera lo sepan ellos mismos, se debaten internamente por dos maneras de ser: la que les hace ser vanidosos, engreídos y seguros de sí mismos; y la que les hace sentir amor verdadero al margen de cualquier otra condición, como el dinero o el prestigio. Y son interesantes precisamente por eso: porque los ves oscilar entre una y otra faceta, a veces de forma muy sutil y otras no tanto, y los ves igual de vulnerables que los personajes protagonistas. Lo mejor de la novela, con diferencia, es el asedio de Henry Crawford para conseguir la mano de Fanny Price y la resistencia que encuentra por parte de ella, porque Fanny no es un ser vanidoso, estúpido o débil, sino una persona íntegra, con una conciencia muy clara de lo que siente, pese a sus dudas y temores, e incapaz de traicionar sus sentimientos para consigo misma y para con los demás.

Por algunos críticos Fanny Price es vista como una encarnación del ideal masculino: una persona dócil y pura de afecto, sumisa, pero yo he acabado viendo una chica que ha vivido asustada durante toda su infancia y moldeada por el ninguneo (aunque muchas veces ejercido sin que se dieran cuenta) y la sumisión que se le ha exigido continuamente, siempre recordándole que debía estar agradecida por todo, y esto ha acabado por derivar en un gran sentimiento de culpa que le impide actuar con contundencia.

Es esta una novela de personajes y todo gira alrededor de ellos y la evolución que experimentan a raíz de la interacción entre unos y otros. No ocurren grandes cosas, no hay grandes giros, pero el estilo fluido de Austen hace que en ningún momento la narración decaiga y que consiga mantenernos atrapados hasta prácticamente el desenlace; he aquí el único fallo que se le puede achacar a esta novela: que las últimas veinte páginas son atropelladas y Austen, que durante todo el transcurso de la novela se tomaba su tiempo para que todos los giros argumentales y cambios en la manera de pensar de sus personajes fueran lógicos y coherentes, de golpe y porrazo deja a un lado todo eso, deja de mostrarnos lo que ocurre y hace que los grandes giros del final, los que esperábamos como lectores, se sucedan uno detrás de otro en boca del narrador, que los va enumerando todos y sin que puedas ver la reacción de dichos personajes o que sean ellos mismos los que lo cuenten todo.

Pese a este error puntual, Mansfield Park es una novela grandiosa, excelentemente escrita, con personajes tridimensionales e increíblemente bien perfilados.

domingo, 1 de enero de 2017

[Off-topic]: "Balance lector del 2016"

Este año si que estoy como para que me den una medalla

Estoy orgulloso de este año que hemos dejado atrás. He batido mis records personales y he cumplido, por primera vez en mi vida, con un reto literario. Aplausos. Por poco, pero he cumplido con dos de los objetivos que me marqué hará un año: leer 50 libros como mínimo y superar mi marca personal de 13.453 páginas leídas en un año. He leído 50 libros (ayer mismo acababa el último) y la friolera (para mí) de 14.153 páginas, pero lo más soprendente es que los he leído sin esfuerzo, sin llegar a Navidad con 10 libros pendientes de leer. Otra cosa muy distinta es que haya leído las obras que decidí que leería, casi todas ellas tochos. De esos 18 libros solo he leído 3 (Manuscrito encontrado en Zaragoza, Crimen y castigo y Escenas de una vida de províncias) y de los otros 5 solo 1 (Frankenstein o el moderno Prometeo). No aplausos. Lo que sí he hecho ha sido leer a más mujeres, aunque lo haya hecho involuntariamente, y algunos de los autores que dije que revisitaría.

¿Qué saco del 2016? Que tengo mejor ojo para escoger libros (lo demuestran las puntuaciones altas que he dado este año, donde la mayoría de libros superan las 3 estrellas. Podéis comprobarlo en mi cuenta de Goodreads). Que me reafirmo en que Cormac McCarthy y Haruki Murakami son mis escritores favoritos, tan distintos ambos, pero con los que soy capaz de conectar como no hago con otros. Que debo seguir leyendo a Javier Cercas y a J.M. Coetzee, dos escritores que siempre me dan una alegría -por decirlo de alguna manera- cuando los leo. Y que debería leer más de esos autores que en el pasado me llenaron tanto y de los que no he vuelto a coger un libro, como John Irving, Ernest Hemingway o Francis Scott Fitzgerald. Porque si por algo se ha caracterizado este año pasado ha sido el de probar con escritores de los que no había leído nada antes. Gracias a ello he descubierto escritor@s que tengo que seguir leyendo, como David Foster Wallace, Delphine de Vigan, David Monteagudo, Yoko Ogawa, Pere Calders o Emilio Bueso.

Tampoco ha sido un año redondo en todos los sentidos. He vuelto a reafirmarme en que Thomas Wolfe y Philip K. Dick no están hechos para mí. Me cuesta mucho conectar con ellos: el primero porque me parece excesivamente poético y anecdótico; me siento como si no estuviera leyendo nada consistente. Más o menos me he sentido igual leyendo a Fred Uhlman, que tanto me recomendaba mi bibliotecaria. Y el segundo, K. Dick, porque desaprovecha buenas ideas con tramas y desarrollos de personajes que no me interesan lo más mínimo. Pero si alguien se lleva la palma este año, negativamente hablando, esa es Connie Willis, de la que leí un libro nefasto y del que no voy a hablar más (podéis leer aquí la crítica que escribí de El libro del día del juicio final).

Si queréis ver todos los libros que he leído, solo tenéis que ir a mi cuenta de Goodreads (encontraréis el icono en la columna de la derecha) y veréis las puntuaciones y mis opiniones/reseñas. Quizás os sorprenda que haya dicho que he leído 50 libros cuando solo figuran 47. Esto tiene fácil explicación: Escenas de una vida de provincias son tres libros en uno y en el recuento no figura Un mago de Terramar, la primera novela de la saga de Terramar de Úrsula K. Le Guin, porque estoy leyendo un volumen recopilatorio donde figuran todas las novelas de la saga y que aún no he terminado. Sin más rodeos, ahí van mis diez favoritos (más o menos por orden de preferencia):

1. EN LA FRONTERA de Cormac McCarthy
2. ALGO SUPUESTAMENTE DIVERTIDO QUE NUNCA VOLVERÉ A HACER de D.F. Wallace
3. ESCENAS DE UNA VIDA DE PROVINCIAS de J.M. Coetzee
4. NADA SE OPONE A LA NOCHE de Delphine De Vigan
5. LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES de Yoko Ogawa
6. CRÒNIQUES DE LA VERITAT OCULTA de Pere Calders
7. LA LLEGADA DE LOS TRES de Stephen King
8. CRIMEN Y CASTIGO de Fyodor Dostoyevski
9. DESPUÉS DEL TERREMOTO de Haruki Murakami
10. LA VELOCIDAD DE LA LUZ de Javier Cercas

jueves, 27 de octubre de 2016

[Crítica libro]: "Leyes de mercado" de Richard Morgan

Muchas cosas que no sabías 

¿Duelos en plazas de toros? ¿En serio?
Los autores de ciencia-ficción y fantasía suelen tener una tarea añadida que otros autores de otros géneros no tienen: tener que crear un mundo de cero y crear unas leyes que sean coherentes dentro de los parámetros ficticios que el autor/a ha creado para ese mundo. Cuando esto no funciona, cuando como lector las cosas no te acaban de cuadrar, cuando el mundo no te lo crees, pues ya puede el escritor escribir como los dioses que no tiene mucho que hacer. Hay libros como Solaris, 1984, La ciudad embajada, etc. que sí lo consiguen. Y otros como el libro que nos ocupa, que no. El mundo que recrea Richard Morgan no acaba de cuajar: estamos en un mundo que parece muy próximo al nuestro, en el que el neoliberalismo ha llegado a extremos inhumanos y donde los ascensos se resuelven en duelos automovilísticos como si de luchas de gladiadores se trataran (bueno, en la Latinoamérica de Leyes de mercado es así literalmente). Sin embargo, si exceptuamos los duelos, todas esas prácticas que se nos narran no tienen nada de 2074; en Leyes de mercado no he visto nada que no imagine que ya esté ocurriendo en nuestro presente. Lo de despedir trabajadores por otros que cobran la mitad menos, ver a trabajadores que se chafan los unos a los otros para conseguir un puesto, lo de meter mierda en otros países para sacar rédito económico, etc., todo eso no tiene nada de ciencia-ficción, y Morgan te lo pinta como si eso fuera el futuro que nos espera a la vuelta de la esquina, cuando es algo en lo que ya estamos inmersos. Es por este motivo que no puedo creerme lo de los duelos automovilísticos, algo que claramente sí parece sacado del futuro, porque no encaja lo más mínimo con todo lo demás, que es muy actual.

Pero Leyes de mercado no solamente no funciona en ese aspecto. La trama no tiene nada de original: todo gira alrededor de un tipo que tiene que lidiar con todo eso si quiere escalar en la empresa en la que se encuentra. Tiene que crear guerras, vender armamento a una facción para que se enemiste con otra, participar en asuntos turbios, luchar en la carretera contra otros aspirantes a su puesto, etcétera, mientras poco a poco se va hundiendo más a nivel personal. Y habrá problemas. Otros socios y trabajadores querrán tumbarlo y harán todo lo posible para sacarlo de su carrera hacia el estrellato. Su mujer poco a poco se irá distanciando de él. Y punto. No hay nada más que eso, contado de forma rutinaria, sin giros, sin emoción, como un chicle estirado. No todo es crear una ambientación, sino que también hay que crear una historia absorbente y que te atrape, que te interese lo más mínimo, y Leyes de mercado no lo consigue.

Y luego están los personajes, que son otro tanto, meros clichés al servicio de la historia para que esta no se desvíe de su cauce. Tenemos al típico personaje que poco a poco se va corrompiendo a medida que va adentrándose más y más en las entrañas del sistema (el protagonista); el típico amigo que se mueve como pez en el agua en ese mundillo y que será una mala influencia para el protagonista (Mike Bryant); el típico compañero de trabajo que no traga al protagonista (Nick Makin); la típica mala malosa que odia al protagonista por vete tú a saber qué razones imposiblemente cogidas por los pelos (Louise Hewitt); el típico jefe de te-meto-la-bronca-y-a-los-5-minutos-te-alabo-por-tus-cojones y te cuento que yo también era como tú de joven (Jack Notley); la típica mujer sufrida que no puede ver como su hombre se va hundiendo progresivamente (Carla); la típica amante seductora que parece una prostituta de lujo (Liz Linshaw); y así sucesivamente hasta cumplir el cupo. Nadie es tridimensional y creíble a la vez.

¿Qué tiene de bueno Leyes de mercado y qué la salva del máximo descalabro? Que Morgan escribe bien (aunque hubiese metáforas tan floridas y originales que me sacaran de vez en cuando de la narración), tan bien que pese a los fallos indicados más arriba uno continúa leyéndole, y un final muy coherente con lo que estábamos viendo y para nada cogido por los pelos.

lunes, 10 de octubre de 2016

[Crítica libro]: "Reencuentro" y "Un alma valerosa" de Fred Uhlman

Una mirada algo superficial

"Una alma valerosa"
No sé si os ocurre a vosotros, pero a veces tengo la impresión que las obras ambientadas en la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto tienen que gustarme per sé, porque tengo la impresión que si no es así iré al infierno a reunirme con Hitler y compañía. A menos que la obra sea realmente mala y no haya muchas dudas respecto a ello, en muchas ocasiones tengo la impresión que un engranaje interno me mueve a valorarlas más positivamente de lo que fríamente haría y hago con otras. En el terreno cinematográfico me ocurrió no hace mucho con Hijos del Tercer Reich y La vida es bella, por poner solo dos ejemplos entre muchos, y en el campo de la literatura con Paradero desconocido de Kressman Taylor, que es una obra notable, pero que si te detienes a analizarla descubres que es algo anecdótica y superficial y que se queda en un mero ejercicio de poner sobre papel una idea que, como el hijo de la misma autora indica al final de la edición que tengo yo, le hizo gracia cuando la comentaba con sus amigotes. El libro de Kressman Taylor venía avalado por mi bibliotecaria (que también me había recomendado meses antes La vida de los otros, otra que tampoco me entusiasmó demasiado y que todo el mundo pone por los cielos) y, como para quedar bien le dije que no solo no me había gustado sino que me había entusiasmado, porque no tengo la suficiente confianza como para hablarle con franqueza y soltarle todo este rollo que te estoy soltando a ti, querid@ lector@, me dijo que tenía que leer a Fred Uhlman y sus novellas sobre la amistad truncada entre un judío y un suábio aristocrático por culpa del nazismo. Se levantó y fue a buscarme Reencuentro y Un alma valerosa, la primera y segunda parte respectivamente, y me dijo que me encantarían. Ambas narran los mismos hechos, pero la primera desde el punto de vista de Hans, el chico judío, y la otra desde el punto de vista de Konradin, el aristócrata.

El problema de Reencuentro es que, pese a ser una novella de 91 páginas, tiene demasiados datos irrelevantes sobre la geografía de la zona (ni siquiera he retenido qué lugar es en el que ocurre la acción. Así de absorbente es el libro) o sobre los antepasados de los alumnos de la clase en la que se encuentran nuestros dos amigos. Hay referencias que están ahí como sacadas de la Wikipedia (en el caso de Uhlman, la enciclopedia) y hay descripciones de personajes que, por el poco o nulo peso que tienen, no pintan nada en la narración. Está claro, como ocurría en Paradero desconocido, aunque esta última es mejor, que todo es un vehículo para narrarnos como el nazismo fue capaz de destruir cosas tan puras a nivel íntimo como la amistad floreciente entre dos chicos intelectuales y sensibles, y que no se quedó solo en lo de los campos de concentración y el desembarco de Normandía; sin embargo, esto se queda en algo interesante rebozado de hechos y datos que son una mera carcasa que no nos interesa lo más mínimo. Y luego está el final: ese giro tan novelesco en la última frase te saca completamente de la narración, le da un toque de ficción que no encaja con el tono realista e incluso autobiográfico de lo que se narra.

Un alma valerosa, la segunda mitad de la historia, es algo más conmovedora, menos fría que la anterior, pero tiene un serio hándicap pese a ser algo superior a la anterior y que la hace perder enteros: que te está contando los mismos hechos, desde la perspectiva del otro amigo, Konradin, que ya se narraban en la anterior novela, y hay muy poca cosa que resulte novedosa en ella. El interés va decayendo cuando descubres que solo quedan pocas páginas para el final y has estado leyendo la misma historia y que apenas ofrece nada nuevo, porque no nos engañemos, la perspectiva de Konradin no necesitaba de otra novela para mostrarse, porque ya la deducías tú mismo de lo que no se contaba en la anterior historia y de lo que Hans iba deduciendo él solo.

Si dejamos a un lado estos aspectos negativos, ambas obras tienen aciertos parciales que las hacen recomendables: principalmente, para entender las mentalidades de los aristócratas y las clases medias antes y durante la aparición de Hitler y para ver cómo, hasta en aquellas élites más intelectuales -representadas por el personaje de Konradin-, se apostó por el nazismo fácilmente. Que no fue cosa de lavados de cerebro, sino que la aristocracia aprovechó esa situación, desde su óptica, para recuperar esa gloria perdida de los tiempos pasados y volver a ocupar ese lugar floreciente que habían ostentado; y, de pasada, para usurpar las riquezas de los judíos ricos que se estaban haciendo un hueco en un estamento que creían exclusivo de ellos, y vieron en Hitler esa vía de recuperar lo que creían que solo debía ser para los alemanes que tenían antepasados alemanes.

martes, 6 de septiembre de 2016

[Crítica libro]: "El libro del día del juicio final" de Connie Willis

Papel higiénico y las campaneras del carajo

Y si buscáis sci-fi, no la encontraréis.
Novela histórica mezclada con thriller
y va y gana los mejores premios de
sci-fi
Leí en Goodreads que a mucha gente no le había gustado El apagón de Connie Willis y leí esto después de habérmelo comprado; embargado por el terror más absoluto, llegué a una crítica dónde un chico aclaraba por qué no había gustado. Primero, porqué El apagón fue distribuido en este país como una novela separada de Cese de alerta, cuando fueron escritas como una única historia, y, segundo, y más importante, porque es parte de una saga que Willis inició hace mucho tiempo y que solo se comprende mejor cuando uno se lee los libros anteriores. Indagando un poco, vi que la saga de los historiadores de Oxford empieza con el relato corto titulado Brigada de incendios (que leí y me gustó mucho), El libro del día del juicio final (el libro que nos ocupa), Por no mencionar el perro, El apagón y Cese de alerta. Pues bien, mi inquietud se ha visto renovada: El libro del día del juicio final no vale un pimiento.

Cuando pretendes sostener un tocho de 800 páginas amparándote solamente en dos ases en la manga a modo de giros de guion, que se plantean nada más empezar la novela, y pretender aguantarlos y revelarlos hacia la página 600 y pico, y no ofrecer nada más mientras tanto más allá de tramas, diálogos y un abanico de personajes anodinos, que no van a ninguna parte y que sirven solamente para entretenerte, sin conseguirlo, hasta que reveles esos dos giros, algo no funciona. Has tenido un par de buenas ideas y te dedicas a escribir paja para sostenerlas. Y eso sin contar que esos giros uno los intuye casi al poco de avanzar en la narración.

Sino, en el contexto de la cuarentena que se monta al principio a raíz del brote de una enfermedad contagiosa, ¿a cuento de qué me interesa a mí que el ayudante del protagonista se ponga a desbarrar cada quince páginas sobre las reservas de papel higiénico y bacon que les quedan, que cada veinte páginas salga a colación si unas campaneras podrán o no dar su concierto de Navidad o cada treinta que la madre coraje de un alumno se ponga a acosar al protagonista –con intención cómica por parte de Willis- con el objetivo de que su hijo se ponga una bufanda? ¿Qué carajos me importa a mí todo eso? El resto de la trama, lo que tiene que ver con Badri y la cuarentena, es otro coñazo: todo se circunscribe a encontrar las personas con las que interactuó, a preguntarle cada veinte páginas qué es lo que salió mal y verlo a él tartamudeando y quedándose inconsciente justo antes de revelar qué es lo que salió mal y que Willis pretende revelar en la 600 y pico. Que recurras a ello un par de veces en toda la novela tiene un pase, pero que eso se repita hasta 7 o 8 veces, cansa.

El otro giro es, como es de esperar, que Kivrin (la historiadora que es enviada al pasado) sí está en la época de la peste negra y no antes, como todos creían, pero ese giro no se revela hasta muy adelantada la mitad del libro. Y ahí empieza la casquería. Paralelamente, el virus del presente hace lo mismo. Empieza a morir gente y es entonces dónde, supongo, la cosa cobra interés. Pero ya es tarde, ya has abandonado (literal y figuradamente).

Esta historia es víctima, pues, de la creencia de que un tocho de 800 páginas es mejor que un relato corto; en Brigada de incendios, el cuento que serviría de inicio a esta saga de los historiadores de Oxford, todo funcionaba mejor debido a la brevedad y la concisión de lo que se quería contar. Willis cree que debe contárnoslo todo, tanto lo que ocurre como lo que podría ocurrir y lo que no, y lo hace continuamente a través de diálogos y pensamientos de besugos, tanto con las reservas de huevos como con la trama de fondo, tanto si nos lo cuenta por décima vez como no. Es como poner en práctica lo que hace en clave de humor Georges Perec en su libro El aumento, pero sin el afán lúdico de Perec. El libro del día del juicio final hubiese ganado mucho más si Willis hubiese apostado por la distancia corta otra vez. No quiero ni imaginar cómo debe ser El apagón y Cese de alerta, dos tochos que tuvieron que dividir en dos volúmenes porque físicamente era imposible juntarlos.

jueves, 4 de agosto de 2016

[Crítica libro]: "El hombre en el castillo" de Philip K. Dick


Coitus interruptus

Que me importan una mie*** las joyas
y las antigüedades
Alentado por las opiniones positivas que colocaban este libro como uno de los mejores escritos de ciencia-ficción que se habían escrito y habiendo sido recomendado por escritores de la talla de Roberto Bolaño o  llevado por opiniones tan a tener en cuenta como la de Stanislaw Lem, que dijo que toda la ciencia ficción que se escribía en Norteamérica salvando a K. Dick era basura (no sé si usó estos términos, pero sí era esta la idea), me dije: tienes que leer más a Dick y, en concreto, una de sus obras más laureadas: El hombre en el castillo. De él ya había leído con anterioridad Esperando el año pasado y me pareció un libro que tardaba demasiado en arrancar, pero cuando lo hacía, era una historia buenísima sobre viajes en el tiempo. Lástima que El hombre en el castillo no arranca nunca.

A medida que iba leyendo e iba terminándolo, tenía muy claro que había dos historias que no iban a ir a ningún lugar: la de Frank Frink y su taller de joyería y la de Robert Childan y su tienda de antigüedades, que siendo políticamente incorrecto, me la sudaban. Oiga, que no digo que no entendiese de qué iban ni qué querían simbolizar (véase el penúltimo párrafo de esta crítica), pero simple y llanamente no me interesaban lo más mínimo y solo hacían que entorpecer la única trama que realmente funciona: la trama que gira alrededor de la reunión entre Baynes y el almirante japonés. Esa es la única que verdaderamente va alguna parte, la que inyecta algo de ritmo a la historia y la que realmente ofrece algo interesante y que hace avanzar argumentalmente el mundo que recrea Dick. Lástima que poco después de que llegue el clímax, la reunión propiamente dicha y su “interrupción”, vuelve a decaer centrándose en lo que le supone moralmente a Tagomi haber matado a los asaltantes y etcétera. Empieza a entrar en disquisiciones filosóficas sobre la comprensión del mundo y no sé qué más sobre el ying y el yang que, francamente, después de lo de la reunión, me interesaban poco o nada. No era el momento para cortar en seco el ritmo narrativo sino para rematar la faena, y poco después te das cuenta de que ya puedes ir olvidándote de esperar algún tipo de conclusión de la trama más potente de todas, la de lanzar una bomba de hidrógeno en Tokyo. 

Y luego está la trama de Juliana, que, desgraciadamente, también acaba en agua de borrajas. Joe es interesantísimo, pero cuando Juliana decide acabar con él todo se difumina y la reunión final con el escritor es decepcionante, porque no entiendes (y a estas alturas de la misa, tampoco quieres entender) qué es el libro, qué quiere decir el autor con que el libro fue escrito por el Oráculo, por qué no hay castillo ni fortaleza ni nada, por qué sigue vivo el autor si no se protege de nada, si Dick me está diciendo que esta realidad donde nazis y japoneses han ganado la guerra es un sueño/realidad paralela/yo qué sé ni qué tiene entonces el libro que ver con esto. Quizás si Childan y Frink y Tagomi no me hubieran aburrido tanto hubiese estado más atento y dispuesto a entender. Quizás.

Luego están las reflexiones que poco o nada aportan a la historia, como todo el mundillo de las antigüedades y lo que va asociado al valor histórico de los objetos, que ocupa demasiadas páginas, o las que sí son interesantes pero que estás cansado que te las manoseen hasta decir basta, como la del sentimiento de inferioridad mezclado con el de admiración que se siente hacia el enemigo que te derrotó y cómo poco a poco las tradiciones o maneras de ser y pensar del ganador van calando poco a poco en el derrotado y viceversa, o el afloramiento de una nueva consciencia americana a medida que el tiempo va transcurriendo y se dan cuenta de que no hay nada auténtico y místico y tangible detrás de la filosofía oriental de los japoneses.

A todo esto, me doy cuenta de que a Dick no le falta imaginería, pero si algunas nociones de estructura narrativa y arcos de personajes. ¿Es todo negativo? Para nada. La recreación del mundo que propone Dick funciona muy bien la mayor parte del tiempo, aunque haya cosas que no acaben de cuadrarme, como esa imagen de los japoneses respetuosos y tan alejados de los nazis que me resquemaba un poco, y si no que se lo cuenten a los chinos y los americanos que estuvieron en la guerra del Pacífico, que a los japoneses también se les fue la olla e hicieron cosas que nada tenían que envidiar a los nazis. Pero excepto cosas como estas y lo extrañamente maniqueos que resultan los nazis, la ambientación y la recreación histórica del “qué hubiese pasado si…” es excelente y casi el único leit motiv, junto a la trama de Baynes, que genera el suficiente interés como para seguir leyendo sin abandonar el libro.