jueves, 27 de octubre de 2016

[Crítica libro]: "Leyes de mercado" de Richard Morgan

Muchas cosas que no sabías 

¿Duelos en plazas de toros? ¿En serio?
Los autores de ciencia-ficción y fantasía suelen tener una tarea añadida que otros autores de otros géneros no tienen: tener que crear un mundo de cero y crear unas leyes que sean coherentes dentro de los parámetros ficticios que el autor/a ha creado para ese mundo. Cuando esto no funciona, cuando como lector las cosas no te acaban de cuadrar, cuando el mundo no te lo crees, pues ya puede el escritor escribir como los dioses que no tiene mucho que hacer. Hay libros como Solaris, 1984, La ciudad embajada, etc. que sí lo consiguen. Y otros como el libro que nos ocupa, que no. El mundo que recrea Richard Morgan no acaba de cuajar: estamos en un mundo que parece muy próximo al nuestro, en el que el neoliberalismo ha llegado a extremos inhumanos y donde los ascensos se resuelven en duelos automovilísticos como si de luchas de gladiadores se trataran (bueno, en la Latinoamérica de Leyes de mercado es así literalmente). Sin embargo, si exceptuamos los duelos, todas esas prácticas que se nos narran no tienen nada de 2074; en Leyes de mercado no he visto nada que no imagine que ya esté ocurriendo en nuestro presente. Lo de despedir trabajadores por otros que cobran la mitad menos, ver a trabajadores que se chafan los unos a los otros para conseguir un puesto, lo de meter mierda en otros países para sacar rédito económico, etc., todo eso no tiene nada de ciencia-ficción, y Morgan te lo pinta como si eso fuera el futuro que nos espera a la vuelta de la esquina, cuando es algo en lo que ya estamos inmersos. Es por este motivo que no puedo creerme lo de los duelos automovilísticos, algo que claramente sí parece sacado del futuro, porque no encaja lo más mínimo con todo lo demás, que es muy actual.

Pero Leyes de mercado no solamente no funciona en ese aspecto. La trama no tiene nada de original: todo gira alrededor de un tipo que tiene que lidiar con todo eso si quiere escalar en la empresa en la que se encuentra. Tiene que crear guerras, vender armamento a una facción para que se enemiste con otra, participar en asuntos turbios, luchar en la carretera contra otros aspirantes a su puesto, etcétera, mientras poco a poco se va hundiendo más a nivel personal. Y habrá problemas. Otros socios y trabajadores querrán tumbarlo y harán todo lo posible para sacarlo de su carrera hacia el estrellato. Su mujer poco a poco se irá distanciando de él. Y punto. No hay nada más que eso, contado de forma rutinaria, sin giros, sin emoción, como un chicle estirado. No todo es crear una ambientación, sino que también hay que crear una historia absorbente y que te atrape, que te interese lo más mínimo, y Leyes de mercado no lo consigue.

Y luego están los personajes, que son otro tanto, meros clichés al servicio de la historia para que esta no se desvíe de su cauce. Tenemos al típico personaje que poco a poco se va corrompiendo a medida que va adentrándose más y más en las entrañas del sistema (el protagonista); el típico amigo que se mueve como pez en el agua en ese mundillo y que será una mala influencia para el protagonista (Mike Bryant); el típico compañero de trabajo que no traga al protagonista (Nick Makin); la típica mala malosa que odia al protagonista por vete tú a saber qué razones imposiblemente cogidas por los pelos (Louise Hewitt); el típico jefe de te-meto-la-bronca-y-a-los-5-minutos-te-alabo-por-tus-cojones y te cuento que yo también era como tú de joven (Jack Notley); la típica mujer sufrida que no puede ver como su hombre se va hundiendo progresivamente (Carla); la típica amante seductora que parece una prostituta de lujo (Liz Linshaw); y así sucesivamente hasta cumplir el cupo. Nadie es tridimensional y creíble a la vez.

¿Qué tiene de bueno Leyes de mercado y qué la salva del máximo descalabro? Que Morgan escribe bien (aunque hubiese metáforas tan floridas y originales que me sacaran de vez en cuando de la narración), tan bien que pese a los fallos indicados más arriba uno continúa leyéndole, y un final muy coherente con lo que estábamos viendo y para nada cogido por los pelos.

lunes, 10 de octubre de 2016

[Crítica libro]: "Reencuentro" y "Un alma valerosa" de Fred Uhlman

Una mirada algo superficial

"Una alma valerosa"
No sé si os ocurre a vosotros, pero a veces tengo la impresión que las obras ambientadas en la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto tienen que gustarme per sé, porque tengo la impresión que si no es así iré al infierno a reunirme con Hitler y compañía. A menos que la obra sea realmente mala y no haya muchas dudas respecto a ello, en muchas ocasiones tengo la impresión que un engranaje interno me mueve a valorarlas más positivamente de lo que fríamente haría y hago con otras. En el terreno cinematográfico me ocurrió no hace mucho con Hijos del Tercer Reich y La vida es bella, por poner solo dos ejemplos entre muchos, y en el campo de la literatura con Paradero desconocido de Kressman Taylor, que es una obra notable, pero que si te detienes a analizarla descubres que es algo anecdótica y superficial y que se queda en un mero ejercicio de poner sobre papel una idea que, como el hijo de la misma autora indica al final de la edición que tengo yo, le hizo gracia cuando la comentaba con sus amigotes. El libro de Kressman Taylor venía abalado por mi bibliotecaria (que también me había recomendado meses antes La vida de los otros, otra que tampoco me entusiasmó demasiado y que todo el mundo pone por los cielos) y, como para quedar bien le dije que no solo no me había gustado sino que me había entusiasmado, porque no tengo la suficiente confianza como para hablarle con franqueza y soltarle todo este rollo que te estoy soltando a ti, querid@ lector@, me dijo que tenía que leer a Fred Uhlman y sus novellas sobre la amistad truncada entre un judío y un suábio aristocrático por culpa del nazismo. Se levantó y fue a buscarme Reencuentro y Un alma valerosa, la primera y segunda parte respectivamente, y me dijo que me encantarían. Ambas narran los mismos hechos, pero la primera desde el punto de vista de Hans, el chico judío, y la otra desde el punto de vista de Konradin, el aristócrata.

El problema de Reencuentro es que, pese a ser una novella de 91 páginas, tiene demasiados datos irrelevantes sobre la geografía de la zona (ni siquiera he retenido qué lugar es en el que ocurre la acción. Así de absorbente es el libro) o sobre los antepasados de los alumnos de la clase en la que se encuentran nuestros dos amigos. Hay referencias que están ahí como sacadas de la Wikipedia (en el caso de Uhlman, la enciclopedia) y hay descripciones de personajes que, por el poco o nulo peso que tienen, no pintan nada en la narración. Está claro, como ocurría en Paradero desconocido, aunque esta última es mejor, que todo es un vehículo para narrarnos como el nazismo fue capaz de destruir cosas tan puras a nivel íntimo como la amistad floreciente entre dos chicos intelectuales y sensibles, y que no se quedó solo en lo de los campos de concentración y el desembarco de Normandía; sin embargo, esto se queda en algo interesante rebozado de hechos y datos que son una mera carcasa que no nos interesa lo más mínimo. Y luego está el final: ese giro tan novelesco en la última frase te saca completamente de la narración, le da un toque de ficción que no encaja con el tono realista e incluso autobiográfico de lo que se narra.

Un alma valerosa, la segunda mitad de la historia, es algo más conmovedora, menos fría que la anterior, pero tiene un serio hándicap pese a ser algo superior a la anterior y que la hace perder enteros: que te está contando los mismos hechos, desde la perspectiva del otro amigo, Konradin, que ya se narraban en la anterior novela, y hay muy poca cosa que resulte novedosa en ella. El interés va decayendo cuando descubres que solo quedan pocas páginas para el final y has estado leyendo la misma historia y que apenas ofrece nada nuevo, porque no nos engañemos, la perspectiva de Konradin no necesitaba de otra novela para mostrarse, porque ya la deducías tú mismo de lo que no se contaba en la anterior historia y de lo que Hans iba deduciendo él solo.

Si dejamos a un lado estos aspectos negativos, ambas obras tienen aciertos parciales que las hacen recomendables: principalmente, para entender las mentalidades de los aristócratas y las clases medias antes y durante la aparición de Hitler y para ver cómo, hasta en aquellas élites más intelectuales -representadas por el personaje de Konradin-, se apostó por el nazismo fácilmente. Que no fue cosa de lavados de cerebro, sino que la aristocracia aprovechó esa situación, desde su óptica, para recuperar esa gloria perdida de los tiempos pasados y volver a ocupar ese lugar floreciente que habían ostentado; y, de pasada, para usurpar las riquezas de los judíos ricos que se estaban haciendo un hueco en un estamento que creían exclusivo de ellos, y vieron en Hitler esa vía de recuperar lo que creían que solo debía ser para los alemanes que tenían antepasados alemanes.

martes, 6 de septiembre de 2016

[Crítica libro]: "El libro del día del juicio final" de Connie Willis

Papel higiénico y las campaneras del carajo

Y si buscáis sci-fi, no la encontraréis.
Novela histórica mezclada con thriller
y va y gana los mejores premios de
sci-fi
Leí en Goodreads que a mucha gente no le había gustado El apagón de Connie Willis y leí esto después de habérmelo comprado; embargado por el terror más absoluto, llegué a una crítica dónde un chico aclaraba por qué no había gustado. Primero, porqué El apagón fue distribuido en este país como una novela separada de Cese de alerta, cuando fueron escritas como una única historia, y, segundo, y más importante, porque es parte de una saga que Willis inició hace mucho tiempo y que solo se comprende mejor cuando uno se lee los libros anteriores. Indagando un poco, vi que la saga de los historiadores de Oxford empieza con el relato corto titulado Brigada de incendios (que leí y me gustó mucho), El libro del día del juicio final (el libro que nos ocupa), Por no mencionar el perro, El apagón y Cese de alerta. Pues bien, mi inquietud se ha visto renovada: El libro del día del juicio final no vale un pimiento.

Cuando pretendes sostener un tocho de 800 páginas amparándote solamente en dos ases en la manga a modo de giros de guion, que se plantean nada más empezar la novela, y pretender aguantarlos y revelarlos hacia la página 600 y pico, y no ofrecer nada más mientras tanto más allá de tramas, diálogos y un abanico de personajes anodinos, que no van a ninguna parte y que sirven solamente para entretenerte, sin conseguirlo, hasta que reveles esos dos giros, algo no funciona. Has tenido un par de buenas ideas y te dedicas a escribir paja para sostenerlas. Y eso sin contar que esos giros uno los intuye casi al poco de avanzar en la narración.

Sino, en el contexto de la cuarentena que se monta al principio a raíz del brote de una enfermedad contagiosa, ¿a cuento de qué me interesa a mí que el ayudante del protagonista se ponga a desbarrar cada quince páginas sobre las reservas de papel higiénico y bacon que les quedan, que cada veinte páginas salga a colación si unas campaneras podrán o no dar su concierto de Navidad o cada treinta que la madre coraje de un alumno se ponga a acosar al protagonista –con intención cómica por parte de Willis- con el objetivo de que su hijo se ponga una bufanda? ¿Qué carajos me importa a mí todo eso? El resto de la trama, lo que tiene que ver con Badri y la cuarentena, es otro coñazo: todo se circunscribe a encontrar las personas con las que interactuó, a preguntarle cada veinte páginas qué es lo que salió mal y verlo a él tartamudeando y quedándose inconsciente justo antes de revelar qué es lo que salió mal y que Willis pretende revelar en la 600 y pico. Que recurras a ello un par de veces en toda la novela tiene un pase, pero que eso se repita hasta 7 o 8 veces, cansa.

El otro giro es, como es de esperar, que Kivrin (la historiadora que es enviada al pasado) sí está en la época de la peste negra y no antes, como todos creían, pero ese giro no se revela hasta muy adelantada la mitad del libro. Y ahí empieza la casquería. Paralelamente, el virus del presente hace lo mismo. Empieza a morir gente y es entonces dónde, supongo, la cosa cobra interés. Pero ya es tarde, ya has abandonado (literal y figuradamente).

Esta historia es víctima, pues, de la creencia de que un tocho de 800 páginas es mejor que un relato corto; en Brigada de incendios, el cuento que serviría de inicio a esta saga de los historiadores de Oxford, todo funcionaba mejor debido a la brevedad y la concisión de lo que se quería contar. Willis cree que debe contárnoslo todo, tanto lo que ocurre como lo que podría ocurrir y lo que no, y lo hace continuamente a través de diálogos y pensamientos de besugos, tanto con las reservas de huevos como con la trama de fondo, tanto si nos lo cuenta por décima vez como no. Es como poner en práctica lo que hace en clave de humor Georges Perec en su libro El aumento, pero sin el afán lúdico de Perec. El libro del día del juicio final hubiese ganado mucho más si Willis hubiese apostado por la distancia corta otra vez. No quiero ni imaginar cómo debe ser El apagón y Cese de alerta, dos tochos que tuvieron que dividir en dos volúmenes porque físicamente era imposible juntarlos.

jueves, 4 de agosto de 2016

[Crítica libro]: "El hombre en el castillo" de Philip K. Dick


Coitus interruptus

Que me importan una mie*** las joyas
y las antigüedades
Alentado por las opiniones positivas que colocaban este libro como uno de los mejores escritos de ciencia-ficción que se habían escrito y habiendo sido recomendado por escritores de la talla de Roberto Bolaño o  llevado por opiniones tan a tener en cuenta como la de Stanislaw Lem, que dijo que toda la ciencia ficción que se escribía en Norteamérica salvando a K. Dick era basura (no sé si usó estos términos, pero sí era esta la idea), me dije: tienes que leer más a Dick y, en concreto, una de sus obras más laureadas: El hombre en el castillo. De él ya había leído con anterioridad Esperando el año pasado y me pareció un libro que tardaba demasiado en arrancar, pero cuando lo hacía, era una historia buenísima sobre viajes en el tiempo. Lástima que El hombre en el castillo no arranca nunca.

A medida que iba leyendo e iba terminándolo, tenía muy claro que había dos historias que no iban a ir a ningún lugar: la de Frank Frink y su taller de joyería y la de Robert Childan y su tienda de antigüedades, que siendo políticamente incorrecto, me la sudaban. Oiga, que no digo que no entendiese de qué iban ni qué querían simbolizar (véase el penúltimo párrafo de esta crítica), pero simple y llanamente no me interesaban lo más mínimo y solo hacían que entorpecer la única trama que realmente funciona: la trama que gira alrededor de la reunión entre Baynes y el almirante japonés. Esa es la única que verdaderamente va alguna parte, la que inyecta algo de ritmo a la historia y la que realmente ofrece algo interesante y que hace avanzar argumentalmente el mundo que recrea Dick. Lástima que poco después de que llegue el clímax, la reunión propiamente dicha y su “interrupción”, vuelve a decaer centrándose en lo que le supone moralmente a Tagomi haber matado a los asaltantes y etcétera. Empieza a entrar en disquisiciones filosóficas sobre la comprensión del mundo y no sé qué más sobre el ying y el yang que, francamente, después de lo de la reunión, me interesaban poco o nada. No era el momento para cortar en seco el ritmo narrativo sino para rematar la faena, y poco después te das cuenta de que ya puedes ir olvidándote de esperar algún tipo de conclusión de la trama más potente de todas, la de lanzar una bomba de hidrógeno en Tokyo. 

Y luego está la trama de Juliana, que, desgraciadamente, también acaba en agua de borrajas. Joe es interesantísimo, pero cuando Juliana decide acabar con él todo se difumina y la reunión final con el escritor es decepcionante, porque no entiendes (y a estas alturas de la misa, tampoco quieres entender) qué es el libro, qué quiere decir el autor con que el libro fue escrito por el Oráculo, por qué no hay castillo ni fortaleza ni nada, por qué sigue vivo el autor si no se protege de nada, si Dick me está diciendo que esta realidad donde nazis y japoneses han ganado la guerra es un sueño/realidad paralela/yo qué sé ni qué tiene entonces el libro que ver con esto. Quizás si Childan y Frink y Tagomi no me hubieran aburrido tanto hubiese estado más atento y dispuesto a entender. Quizás.

Luego están las reflexiones que poco o nada aportan a la historia, como todo el mundillo de las antigüedades y lo que va asociado al valor histórico de los objetos, que ocupa demasiadas páginas, o las que sí son interesantes pero que estás cansado que te las manoseen hasta decir basta, como la del sentimiento de inferioridad mezclado con el de admiración que se siente hacia el enemigo que te derrotó y cómo poco a poco las tradiciones o maneras de ser y pensar del ganador van calando poco a poco en el derrotado y viceversa, o el afloramiento de una nueva consciencia americana a medida que el tiempo va transcurriendo y se dan cuenta de que no hay nada auténtico y místico y tangible detrás de la filosofía oriental de los japoneses.

A todo esto, me doy cuenta de que a Dick no le falta imaginería, pero si algunas nociones de estructura narrativa y arcos de personajes. ¿Es todo negativo? Para nada. La recreación del mundo que propone Dick funciona muy bien la mayor parte del tiempo, aunque haya cosas que no acaben de cuadrarme, como esa imagen de los japoneses respetuosos y tan alejados de los nazis que me resquemaba un poco, y si no que se lo cuenten a los chinos y los americanos que estuvieron en la guerra del Pacífico, que a los japoneses también se les fue la olla e hicieron cosas que nada tenían que envidiar a los nazis. Pero excepto cosas como estas y lo extrañamente maniqueos que resultan los nazis, la ambientación y la recreación histórica del “qué hubiese pasado si…” es excelente y casi el único leit motiv, junto a la trama de Baynes, que genera el suficiente interés como para seguir leyendo sin abandonar el libro.

domingo, 17 de julio de 2016

[Crítica libro]: "Los ojos del dragón" de Stephen King

Un libro de esos dónde el título mola más que el contenido

¡YA ESTOY LLEGANDO...!
En mi periplo hacia la Torre Oscura de la mano de cronologías como esta, después de haber leído El pistolero, hecho un alto para leer Un saco de huesos y vuelta a la saga principal de la TO leyendo La llegada de los tres, que me encantó, ahora había que volver a hacer un aparte a la saga principal y leer Los ojos del dragón. Para mi sorpresa se trataba de una novela juvenil y King y novela juvenil no me casaban mucho. Pero tenía muy buenas críticas y en general se hablaba muy bien de ella. Y después de haberlo leído, las dudas iniciales se trocaron en decepción.

No sé si es muy razonable ponerte a reseñar un libro que no te ha entusiasmado y esgrimir que es porque eres demasiado cínico (llámalo como quieras) y ya eres mayor para gozar de una historia tan inocente. Primero porque hay otros libros juveniles para los que para mí no ha pasado el tiempo, que los sigo disfrutando cuando los vuelvo a leer ya de adulto (véase La historia interminable). Y segundo porque eso no es un rasero para valorar nada. Los ojos del dragón no me ha gustado todo lo que esperaba porque no es tan buena como otras novelas juveniles, y punto. Cuando digo que si lo hubiera leído a los 14 o 15 años me hubiese gustado más, me refiero a que por aquella época, con un criterio lector no tan agudizado como el que se adquiere con el tiempo, me hubiesen pasado por alto la mayoría de sus fallos.

Y es que el problema de Los ojos del dragón es que todo es demasiado sencillo, demasiado plano, demasiado light i no sé cuántos sinónimos más. La historia se puede resumir en una frase, pero a riesgo de contar algún que otro spoiler, así que no voy a hacerlo. Cuando en la contraportada te dicen que King recrea el cuento clásico de príncipes y princesas desde la óptica del terror, esto es una mentira y de las gordas. No porque no sea la misma historia de siempre, sino porque de terror no tiene absolutamente nada. Hay algunos pasajes tensos, eso no se lo quito, pero de ahí a terror hay un buen trecho. Estamos ante la misma historia de príncipes y reyes de siempre, de consejeros malísimos y conspiradores, de monarcas bondadosos, de hermanos pequeños envidiosos y resentidos, y un largo etcétera. Al buenazo le pondrán las cosas peliagudas, pero gracias a sus amigos y a la honradez y a cientos de virtudes difíciles de conciliar en una misma persona si esto fuese la vida real, ganará a los malos y triunfará. Los caracteres, otro tanto: o se es bueno buenísimo o se es malo malísimo. Entre ambos hay un abanico extremadamente exiguo de personalidades, donde como mucho encontraremos al bueno que obra mal porque es débil o el amigo un poco tontillo pero con buen corazón. Esa es toda la profundidad que uno puede encontrar en Los ojos del dragón. Randall Flagg, el malo de la función, sería mucho mejor si el relato fuera más serio y adulto, ya que daría mucho  más juego ver su maldad desatada y sin los corsés del género juvenil. Y luego está la trama: lineal hasta decir basta, sin apenas tramas secundarias que enriquezcan la principal, sin sorpresas y sin giros.

De este modo uno se queda con poca cosa tras su lectura: más o menos que la honradez y las buenas intenciones siempre consiguen abrirse paso sea cuál sea la situación (algo que, por el contrario, dudo cada vez más). La idea de que los buenos siempre ganan y que la verdad siempre acaba por saberse es algo pobre e ingenua.

Vamos, que no estamos ante uno de los mejores libros de King.

lunes, 6 de junio de 2016

[Crítica libro]: "En la frontera" de Cormac McCarthy

La vida, ese gran enigma

Con En la frontera me ocurrió algo curioso: tardé mucho tiempo en acabarlo, lo fui dejando y retomando continuamente durante casi seis meses, hecho que induciría a pensar que o bien no me gustó o bien me pareció aburrido, pero en ningún caso fue así. En la frontera es una maldita obra maestra, de lo mejorcito que he leído en mucho tiempo y de lo mejorcito que he leído de McCarthy hasta la fecha. La carretera es un libro excelente, del mismo modo que lo fue Todos los hermosos caballos también, pero En la frontera es incluso mejor. Eso sí, es un libro exigente, no tanto por el estilo, que sigue siendo marca de la casa, caracterizado por el léxico algo sobrecargado, la narración seca y directa y los diálogos fluidos pero parcos, sino porque es un libro cuajado de temas interesantes que se prestan a una lectura más sosegada y reflexiva.

Y una vez terminada la lectura, estoy casi seguro de no haberlo entendido todo, o de haberme perdido algo, porque aún tengo mucho que vivir y mucho que reflexionar; En la frontera está tan cargada de potentes reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre la culpabilidad y la redención, sobre la espiritualidad, que sería imposible retenerlas todas y plasmar en pocas palabras el torrente temático que trata McCarthy en esta segunda parte de la trilogía de la frontera. Me quedo con esa sensación de que la vida solo podemos entenderla viviéndola, a base de ensayo y error, y que es inútil pasártela analizándola. Que hay decisiones que por pequeñas que sean pueden hacer que todo se desmorone, que es imposible entender completamente los designios (o llámalo como quieras) que hacen que las cosas ocurran de un modo u otro, y que las cosas que imaginas nunca ocurrirán del mismo modo en que las imaginabas. También versa sobre el pasado, sobre lo difuminada que es la barrera entre la imaginación y el recuerdo, entre la realidad y la verdad. Que la maldad es una de las facetas del mundo y que no podemos escapar de ella, que tarde o temprano tenemos que darnos de bruces con esa brutalidad y que es muy difícil estar preparados para ello. Que no puedes proteger a todo el mundo. Billy Parham se pasa la mayor parte del tiempo intentando entender todo esto y mucho más en sus viajes por México y son pocas las conclusiones a las que llega, porque no hay una ciencia exacta o, dicho de otro modo, un manual sobre cómo vivir la vida en el que te cuente las claves de cómo hacerlo, que te prepare para todo y en el que se contemplen todas las respuestas.

Para algunos En la frontera solo sea un cúmulo de descripciones de cañadas y vastos caminos llenos de polvo, de personajes que duermen, cabalgan, comen y hablan de una forma un tanto parca o críptica, o incluso grandilocuente a veces, pero los que solo vean eso es que no han entendido ni la mitad. Para mí es una de esas novelas totales que abarcan todo aquello que realmente importa.

martes, 26 de abril de 2016

[Crítica libro]: "Fin" de David Monteagudo


Incertidumbre

¿Qué harías tú en una situación así?
Tenía pendiente desde hacía tiempo leer a David Monteagudo, pero lo que me echaba un poco para atrás era lo mal valorados que estaban sus libros en Goodreads. Y, ya sé que no tiene mucho que ver, pero la adaptación para la gran pantalla de “Fin”, su primera novela, fue masacrada a base de bien por público y crítica. El otro día rebuscando en la biblioteca di con el libro y me animé a leerlo. Y vaya si me ha gustado.

La historia de “Fin” gira alrededor de un grupo de nueve amigos que se reúne en un refugio de montaña para celebrar la promesa que se hicieron hace 25 años de volver a reunirse todos juntos, pese a que no estuvieran contacto y ya no se vieran, fuera cuales fueran las circunstancias de cada uno. Mientras están reunidos bien entrada la noche, un hecho inexplicable en el exterior será el detonante de la odisea que pronto les tocará vivir y que sacará a relucir viejas rencillas.

Hacía tiempo que leyendo una novela no estaba tan tenso y expectante por lo que pudiera ocurrir. Y es que Monteagudo es un diez midiendo los tiempos, generando incertidumbre y construyendo esa sensación de que no sabes de dónde va a venir el hachazo. Y eso, en una novela de suspense con tintes fantásticos, le va que ni de perlas. A todo esto hay que sumarle el enfoque por el que opta Monteagudo: un narrador aséptico y desprovisto de emociones, con el que disecciona el comportamiento de unos amigos que hace mucho tiempo que dejaron de serlo, y sin olvidar su apuesta de no contarnos nada que los personajes no expresen; de este modo todo son conjeturas, una manera deliciosa de que el lector se construya sus cábalas sin la presencia de recursos narrativos que lo expliquen todo artificiosamente.

Porque no es necesario que siempre sepamos el porqué de las cosas; de hecho el enfoque de Monteagudo es el más realista posible. En una situación así uno no sabría dónde agarrarse, ni el por qué ni el cómo de nada, tal y como les ocurre a los protagonistas. Además, lo que le interesa a Monteagudo es recrear cómo reaccionaríamos y cómo nos sentiríamos si de golpe y porrazo ocurriera algo como lo que ocurre en “Fin”. Cuáles serían nuestros pensamientos, nuestros actos y nuestras elucubraciones. La mayor parte de las críticas giran alrededor de que no hay explicaciones a los fenómenos sobrenaturales, que simplemente ocurren porque sí, y ese, en mi opinión, es uno de los aciertos del libro: que es real.

Lo único achacable es que la verdadera historia tarda un pelín en arrancar y los diálogos, sobretodo antes de cierto punto de inflexión, suenan a algo falsos. Pero nada que no os permita disfrutar de un relato absorbente y estimulante.